domingo, 20 de marzo de 2016

La segunda maría, ELENA




VOLVER A EMPEZAR
Aquí estoy, recorriendo el aeropuerto maleta en mano, mi bolso de los de imitación a Dolce, porque aunque el sueldo de mi anterior trabajo me daba para eso y más, siempre he sido muy hormiguita y prefiero ahorrar que nunca se sabe. Mis jeans azul cielo algo desgastados, mi talismán, los que siempre me han dado suerte ya que a supersticiosa no me gana nadie y es que lo de coger aviones no va conmigo. Recuerdo una vez que me fui con Alba y Oli al Caribe. Las dos llevaban dándome el pelmazo de que querían ir allí meses. Esas aguas transparentes y cristalinas, esos cócteles al lado del mar, llevar la pulserita del “Todo incluido”… Al final accedí pero claro lo del viaje en avión no me lo imaginaba. Antes solamente había viajado en vuelos de corta duración, tipo Londres o Francia, y aún así me ponía histérica que me sentaba en medio y les tenía que dar la mano a ambas en el despegue porque me muero de miedo.  Como ellas ya lo sabían no se les ocurrió otra cosa que darme una pastillita para dormir y sí, el vuelo lo hice divinamente porque no me enteré de nada, pero al bajarme me sorprendí porque la gente no hacía más que ponerme malas caras y hacer comentarios por lo bajo. Resulta que me había quedado tan profundamente dormida que roncaba como un hipopótamo, así que la vergüenza que pasé fue menuda. Las dos graciosillas no hacían más que reírse, muy divertido todo.

Continúo mi camino por el aeropuerto, llego al escáner derecha a dejar todas las pertenencias en las cajas que ponen a tu disposición antes de cruzar el arco. Aún sigo sin entender porqué alguna gente se descalza y otra no. Yo nunca lo he hecho, me parece antihigiénico tocar ese suelo, qué grima por Dios. Recuerdo aquella vez que fuimos al Caribe las tres y a Oli le hicieron descalzarse, ella tan fresca se quitó hasta los calcetines. A Alba y a mí casi nos da algo al verla, pero ella estaba tan pancha. Así es una de mis mejores amigas: desenfadada, espontánea, extrovertida a más no poder, la que te mete en follones sin comerlo ni beberlo… Pero también es la que te ayuda cuando lo necesitas y la que daría su vida por ti sin dudarlo.

Por fin me toca y dejo todas mis cosas: anillos, pulseras, pendientes, mi portátil, el cinturón, la chaqueta y la bufanda en una de las bandejas. «Por favor las botas no», voy pensando con miedo según me voy acercando al arco. No es que tenga los calcetines rotos ni sucios, pero tocar ese suelo… arggh. También voy medio asustada porque como pite, me da algo. En otro viaje nuestro, esta vez a Amsterdam, Alba pitó y la pobre pasó una vergüenza… Toda roja mientras una mujer le pasaba la maquinita esa alargada por todo el cuerpo y le palpaba, que también… será protocolo ¡pero es un momentazo! ¡Menuda refriega que te dan! Ya llego al arco y por suerte no pito, así que nada más cruzarlo me voy directa a recoger mis cosas y empiezo a ponerme todo corriendo. Volando salgo a buscar la puerta de embarque para llegar de las primeras porque luego se hace una cola tremenda y subo de las últimas. Ya que es un trance volar, y sobre todo tantas horas, prefiero subir pronto y empezar a entretenerme con lo que sea. Llego a las pantallas y ahí está.

NUEVA YORK 

VUELO VLG 7560

PUERTA 4

Todavía me parece increíble que me vaya a Nueva York. Esto sí que es cortar de raíz y empezar de cero. Afortunadamente he conseguido un trabajo en esa gran ciudad gracias a Esteban, el marido maravilloso de mi otra mejor amiga Alba. Si no es por él seguiría en Madrid deprimida y sin saber qué hacer con mi vida. Subo al avión y una adolecente se sienta a mi lado con la música atronadora saliendo de sus cascos. Precisamente la melodía que está escuchando me recuerda uno de los peores trances de mi vida semanas antes…

FLASHBACK

—Vamos Elena, ha llegado el momento—, me digo a mi misma delante de la puerta de mi jefe, el capullo de Víctor, para animarme pero joder cómo cuesta. Agarro el pomo y lo giro con más miedo que seguridad. Entro y lo encuentro pegado a su móvil, diciendo cosas bastante poco profesionales para estar en una oficina… Carraspeo y se gira hacia mí, asiente con la cabeza y con el dedo índice me indica que en un momento tendré toda su atención. Ya son muchos años que nos conocemos y por desgracia lo conozco muy bien, de hecho demasiado, pues para mi desgracia he sido una de las muchas conquistas del seductor sin escrúpulos. Apaga el teléfono móvil y lo deja en su mesa. Se gira y me mira con esos ojos feroces. ¡Dios qué difícil es estar cerca de este hombre!

—Víctor necesito decirte algo —,  le digo sin mirarle a los ojos.

—Dime Elena, ¿qué es?— Me dice mirando unos informes encima de la mesa. Y no es que no lo sepa pero joder después de haber compartido una de las mejores noches de mi vida que me hable con esa frialdad y ni siquiera se digne a mirarme, duele.

— ¿Te importaría mirarme a la cara al menos?— Casi le grito hecha un basilisco. Alza su mirada con el ceño fruncido sin saber qué ocurre pero yo ya voy envalentonada y sigo—. Vengo a presentar mi dimisión. Me marcho Víctor—. Le digo mostrándole un papel y lo dejo caer en su mesa. Sin salir de su asombro pasea su cara del papel a mí y viceversa. No se lo esperaba para nada.

— ¿Pero qué estás diciendo Elena? No entiendo nada. Eres la mejor secretaria que tenido jamás—. Y sin saber porqué, estallo.

— ¡Claro que soy la mejor secretaria que has tenido! Si me has tenido para todo lo que te ha dado la gana. Te he ayudado en el bufete a más no poder, he hecho recados personales entre los que se han contado comprar cositas para tus amiguitas o hacerte reservas de hotel y cenas—me inclino sobre su mesa apoyando las manos y le grito casi tocando su cara—. ¿No crees que ya he aguantado bastante? ¡Se acabó!

Víctor  no sale de su asombro y el muy imbécil empieza a sonreír. ¡Pero de qué coño va! Me separo y comienzo a andar hacia la puerta cuando me llama.

—Elena, déjate de chorradas y vuelve al trabajo—, mientras dice esto rompe la carta de dimisión. ¡Pero este tío es imbécil del todo!

—No me importa que rompas la carta. Puedo sacar otra sin problemas. Ojalá todo se arreglara tan fácilmente—. Vuelvo a girarme y oigo un fuerte golpe. Ha dado un manotazo a la mesa. Me vuelvo bruscamente y lo veo rojo de la ira.

— ¡Qué cojones crees que estás haciendo! ¿Te crees que por hacerte la ofendida tras haberte dado una de las mejores experiencias de tu vida por cierto, voy a aceptar que te vayas? Eres de las mejores en tu trabajo y no voy a permitir que me dejes. Tú siempre has sabido de qué iba todo eso porque precisamente sabes cómo soy con las mujeres. No ha nacido la que me ate. Yo solo las disfruto y créeme ellas también lo hacen. Tu misma puedes dar fe.

—Claro que lo sé y por supuesto que reconozco que fue una noche increíble, pero también me arrepiento muchísimo. Nunca debió ocurrir. Yo lo hice por razones bien distintas a las tuyas y lo sabes. Ya estoy harta Víctor. No puedo seguir aquí porque no es sano para mí. Desgraciadamente he sido una más de tus innumerables amantes y no me perdono haber sido tan tonta. No puedo más. Siempre supe que solo era sexo por tu parte, pero yo estoy irremediablemente enamorada de ti. Y necesito cerrar esto ya. Entiéndelo. Tengo que encontrarme a mí misma de nuevo—. Intento apelar al poco de humanidad que confío aún le quede—. No quiero pensar en ti cada minuto del día, no quiero necesitarte, no quiero morirme de rabia pensando si estás con alguien, no quiero sentir tu frialdad, no quiero arrastrarme más. ¡Ya no lo aguanto! Sacaré otra carta de dimisión pero en cuanto salga por esa puerta no volverás a verme nunca más. Adiós Víctor. Te diría que te deseo lo mejor pero aunque suene vengativo, no es así. 
Una azafata me pide que me abroche el cinturón porque vamos a despegar, así que mando los mensajes avisando de que salgo a las personas pertinentes e intento distraerme con mis pensamientos. Cuando abandoné me fui unos días sola a encontrarme conmigo misma, les dije a Alba y Oli, pero realmente lo que quería hacer era estar sola, para poder llorar todo lo que quisiera sin tener que sentirme culpable por tener a mis dos amigas a mi lado compadeciéndose de mi desgracia, de la que me alertaron muchísimas veces. Necesitaba ese espacio temporal, aislada de todos y así lo hice. Mis padres se espantaron al verme viajar sola pero debía hacerse así, era tan esencial como respirar. Pero una nueva vida llena de esperanza me espera. No importa lo duro que vaya a ser porque en este momento sé que lo que necesito, irme cuanto más lejos mejor. Anhelo encontrarme de nuevo, volver a ser la Elena fuerte y segura que he sido siempre. Toqué fondo, estuve en el infierno y como reza un vídeo viral de los que circulan por Internet “No son las veces que te caes, es cómo te levantas”.

Tras un vuelo agotador de varias horas llego a Nueva York y ¡caray! Todo es enorme. Para poder mirar donde terminan los rascacielos tienes que doblar el cuello porque si no es imposible. Una vez recogidas las maletas me dirijo a la salida, donde Esteban me dijo que alguien de la empresa estaría esperándome para llevarme a mi nuevo apartamento. Un hombre de casi dos metros, sin dirigirme una sonrisa, coge mis maletas y le sigo por todo el aeropuerto casi corriendo porque este hombre da una zancada y yo mientras doy cinco pasos. Llegamos a una limusina negra increíble y cuando me abre la puerta para entrar no me puedo creer que vaya a viajar en este cochazo. ¡Qué viva Nueva York! ¡Si mi vida va a empezar así me apunto! Hacemos el trayecto con música clásica de fondo. El “simpático” me explica que hay una botella de champán fresquita en un compartimento de los miles que tiene esta limusina. Ni corta ni perezosa la abro y me sirvo un par de veces mientras disfruto del viaje. Esto es un lujo en toda regla. Empiezo a admirar la ciudad desde el interior de la limusina y me voy quedando pasmada de ver todo tan gigantesco.

Tras el shock inicial de ver dónde voy a vivir, y confirmar que es el piso de soltero de Esteban, deshago mis maletas y tras hablar con mis padres y las chicas me sumo en un profundo sueño hasta que el cuerpo se despierte por sí mismo que con el jet lag que llevo imagino serán unas cuantas horas.

Al día siguiente es domingo, por suerte para mí, así que me animo a conocer un poco esta ciudad. Me visto con un chándal, unas deportivas y me hago una coleta alta. Cojo las llaves, el monedero y el móvil y empiezo a investigar la Gran Manzana. La primera parada es el cuartito del portero. Me presento y empiezo a hacer preguntas sobre la ciudad. Una amable señora latina me informa en un inglés bastante españolizado dónde puedo encontrar una oficina de turismo para adquirir mapas y poder desenvolverme mejor por la ciudad. Cuando le digo que soy española parece que nos conociéramos de toda la vida y comienza a hacerme preguntas de todo tipo y a contarme su vida. Tras veinte largos minutos de charla encantadora me dirijo a la oficina de turismo, que por suerte está bastante cerca del edificio. No dejo de mirar hacia arriba y ver esos rascacielos que te dejan con la boca abierta. Y la gente, es exactamente igual a las películas, hordas en las aceras y el humo que se ve en las pelis por las calles, ¡es totalmente real! Estoy alucinando. Este lugar va a ser mi hogar los próximos meses… No doy crédito todavía.

Tras hacer una primera parada en la oficina de turismo y salir más cargada que una mula con mapas e informaciones varias, busco en mi móvil la dirección de mi próximo lugar de trabajo. Unas cuantas paradas de metro después llego al edificio que es impresionante, como todo aquí. Aún me asombra que esté en este lugar realmente, vengo de ser una simple secretaria de un imbécil integral y mañana seré secretaria de la dirección. Ya le dije a Esteban que no estoy segura de saber hacerlo bien. ¿Y si no estoy a la altura? Supongo que no debe distar mucho ser secretaria en un bufete que en una revista de modas. Estaba tan feliz de haber conseguido este trabajo que ni me preocupé de preguntar en qué consistía. Esteban me dijo que confía plenamente en mi capacidad. Después de todo, mi carrera en Empresariales no me la quita nadie aunque jamás haya ejercido.

Continúo mi periplo por esta gran ciudad llegando a Times Square, tras seguir las instrucciones de los folletos que me ha dado el chico joven en la oficina de turismo. Pensaba que no podía asombrarme más pero aún es posible. Esas pantallas con mensajes pasando a cada segundo, esos carteles de musicales que cubren edificios enteros…Me quedo absorta en ese sitio, sin poder articular palabra ni moverme. Hasta que la gente no me empuja no soy consciente de donde estoy. Salgo de mi abstracción y veo uno de los típicos puestos de Hot Dogs, de esos que ves en las películas y haciendo caso a mi rugiente estómago me lanzo a comprarme uno. Una vez que lo tengo en mi poder, lo devoro. ¡Me encanta! Cuanto más grasiento, mejor. Me siento en una plaza cercana, en la típica fuente llena de ejecutivos y secretarias que almuerzan lo mismo que yo o una simple ensalada para volver a su jornada laboral lo antes posible. Y allí, por primera vez, soy realmente consciente donde estoy. Observo a la gente, las prisas, los ejecutivos, algunos empresarios que seguramente se dirigen a un lujoso restaurante a comer, no como sus pobres empleados. Adonde quiera que mires hay gente. Esto es Nueva York. Si algo describe a esta ciudad es el bullicio, el ruido… Paz. Necesito algo de tranquilidad antes de volver al apartamento y preparar todo para mañana. Central Park, allí es donde tengo que ir a buscar ese remanso de tranquilidad.

Tras un buen rato caminando llego al famoso parque que tanto sale en la televisión y el cine, hasta me parece que lo conozco después de haberlo visto tantas veces. A la entrada veo carteles que te van orientando de los lugares que abarca ese increíble lugar, y es que mide más de 4 km. Hay tours de todo tipo: a pie, en carroza tirada por caballos, en bici, en góndola… ¿En góndola? Lo que no hagan estos americanos… Empiezo a adentrarme en las espesas praderas verdes. Hay gente haciendo picnics, footing, en bicicleta, familias enteras jugando al rugby… Me paro en mitad del césped algo alejada de la gente porque necesito sentir esa paz sin demasiados sobresaltos y respiro profundamente. Abro los brazos y los subo haciendo varias respiraciones profundas, como si hiciera yoga. Echo de menos mis clases de yoga en el centro con mis compañeros. Borro ese pensamiento instantáneamente. Aquello es el pasado, quedó atrás. Ahora solo queda concentrarse en el presente, ni siquiera en el futuro pues será lo que tenga que ser. Me tumbo un rato en ese césped que calienta los rayos del sol y cierro los ojos. Me quedo en ese estado durante varios minutos en los que pierdo completamente la noción del tiempo. Solo siento. El sol me  calienta la cara, oigo gritos de niños y adultos pero están my lejos, apenas se perciben. Me concentro en sentir esa tranquilidad que fluye como un torrente de paz y felicidad. Hacía tanto tiempo que no me sentía así que ya no lo recordaba. Entonces oigo música, abro los ojos e intento seguir el sonido de la música. Me levanto rápidamente y me acerco a una zona atestada de gente. ¡Madre de Dios es un concierto en pleno corazón del parque! Pero esto no es lo más. ¡Es Ellie Goulding cantando su canción con Calvin Harris! La gente está animadísima cantando el estribillo y de repente me veo sumergida en ese buen ambiente y estoy cantando como una más dando saltos como loca.

Cuando finaliza la canción dejo de saltar porque se me va a salir el hígado por la boca como siga. Los americanos a mi lado me aplauden y vitorean muy animados. Yo hago alguna reverencia en agradecimiento y aplaudo junto a ellos para terminar escabulléndome en cuanto puedo. Sorprendentemente no me he puesto colorada porque no siento calor en las mejillas, ni siquiera vergüenza. Ha merecido la pena porque he vuelto a sentir esa sensación de felicidad que hacía mucho no me recorría el cuerpo y una enorme sonrisa se ha instalado en mi cara en mi viaje de regreso al apartamento. Y es que hoy, por fin, la vida ha vuelto a tener color.

                                   ***

No sé qué me ha pasado de repente. Qué es lo que se ha apoderado de mí que no puedo quitarle los ojos de encima. No consigo verle el rostro. Solo veo su silueta bañada por el sol dorado. La veo desde detrás, lleva una coleta alta y un chándal en tonos oscuros que marcan sus curvas de forma… interesante. Está alejada del resto de la gente, resguardada entre varios árboles. Es como si quisiera mimetizarse con el paisaje y ocultarse del mundo. Parece más como si necesitara esconderse y pasar desapercibida, pero a juzgar por ese cuerpo y ese pelo largo recogido, es hermosa. ¿Por qué esconderse? Entonces estira ambos brazos como si se dispusiera a hacer yoga y su pecho comienza a subir y bajar lentamente debido a las profundas respiraciones que está llevando a cabo. No puedo dejar de observarla, como si no existiera nada más para mí en este momento. Se tumba en el césped y cierra sus ojos. ¿Por qué los cierra? No puedo verlos. No sé de qué color son, qué forma tendrán… Me acerco un poco más pero sin hacer demasiado ruido, como si me acercara a un animal herido. No es mi intención asustarla y que se marche corriendo pero quiero ver esos ojos. Es como si mi cuerpo actuara por propia voluntad y mi cerebro no pudiera ordenarle que pare. A pocos metros de distancia hay algo que me detiene. Abre sus ojos y empieza a mirar a todos lados. ¿Se habrá dado cuenta de mi presencia? Es imposible porque me he agachado como si estuviera haciendo estiramientos tras correr durante varias horas, lo que realmente despeja mi mente cuando estoy agobiado. Parece que el destino, ese en el que mi buen amigo Steven cree tan firmemente después de haber encontrado a su Albita, me hubiera puesto aquí en este momento y en este lugar. Veo que sigue la música, se dirige al concierto que tiene lugar hoy aquí y al llegar se pone a saltar como una loca y a cantar. Por Dios si parece que la ha poseído el demonio. Pero aún así sigo intrigado y no consigo que mi cuerpo obedezca a mi mente y me vaya de allí. Nada se me ha perdido aquí pero… En uno de sus saltos de loca, se gira y consigo en décimas de segundo verle la cara. El caso es que me resulta familiar, como si ya la conociera. ¿Por eso estoy aquí? ¿Había algo que me empujaba a descubrir quién era? ¿Por qué la conozco? No vuelve a girarse y la canción está a punto de terminar, así que tomo otra posición para tenerla de frente. Consigo ver su cara. Sigue resultándome conocida. Es como cuando hueles el perfume de una persona o de un lugar y tienes esa sensación familiar pero no terminas de descubrir a qué o quién te recuerda. En uno de esos saltos me mira directamente con esos ojos marrones llenos de expresividad y esa sonrisa dibujada en su bello rostro y es como si Cupido me hubiera lanzado una flecha, porque siento cosquillas por todo mi cuerpo pero en especial en mi estómago. ¿Qué es esto? Yo nunca me he sentido así… Y en esa milésima de segundo en la que me ha mirado, lo he descubierto. Es Elena, la amiga de Alba que mañana va a empezar a trabajar en mi revista, en el despacho contiguo al mío, pues es mi próxima secretaria…
 
 
 

martes, 8 de marzo de 2016

Adriana


 Adriana llevaba todo el día de arriba para abajo sin parar un solo segundo y aún le quedaba mucho día por delante. Por la mañana había tenido bastante trabajo en la oficina y apenas había podido mirar el teléfono móvil. En cuanto dio la hora de salida se dirigió corriendo a la parada del metro cargando el enorme bolso estilo Mary Poppins en el que llevaba de todo, en especial papeles de chicles, tickets y clínex. En su trabajo era de las más ordenadas, de hecho sus compañeras se quejaban de tanto orden y perfección pero en cuanto ponía un pie fuera de aquel lugar, su vida se volvía un auténtico caos.

Antes de bajar las escaleras del metro iba leyendo la cantidad de WhatsApp que tenía. ¡Cinco conversaciones! «¿Pero es que la gente no trabaja?», se preguntaba Adriana cada vez que veía el móvil lleno de notificaciones. Aparte tenías las habituales de Facebook, Twitter e Instagram. Más redes sociales no podía tener pero le divertía mucho estar aquí y allí compartiendo imágenes, videos, estados, chateando con las amigas y riéndose de cualquier bobada. Además se había apuntado hacía unos días a una de las páginas de contactos que tanto abundan por internet hastiada ya de que nada le llegase. Se emocionó bastante al ver un mensaje de un chico bastante guapo, con barba y ojos castaños que le decía que le dejaba su móvil para que charlaran más tranquilos. Inmediatamente le respondió y le agregó. Se metió en el metro y no pudo mirar más el teléfono, así que fue pensando en todas las cosas que le quedaban por hacer resoplando pues quería tumbarse en el sofá y descansar. Los jueves podían con ella. Muchas veces decía que los viernes le sobraban ya que llegaba muy cansada al fin de semana. Su horario era demoledor, de ocho de la mañana a ocho de la tarde aunque días como aquel eran un regalo. Una vez al mes su jefe les dejaba cogerse la tarde libre y la suya había llegado por fin.


Al salir del metro corrió para llegar a casa pues no se había preparado la comida el día anterior. Al llegar a casa y tras saludar a Brönte, su gato juguetón, lanzó el abrigo y el bolso a la cama. Se preparó algo rápido como una ensalada y un poco de embutido. A pesar de ser su tarde libre no tenía tiempo que perder.  Mientras comía volvió a coger el móvil y se sorprendió de ver una llamada del chico que le había dado su número de teléfono hacía algunas horas. Adriana le escribió y el chico le contestó que prefería escuchar una voz pero ella no tenía tiempo así que le dio largas y siguió comiendo. En cuanto terminó y recogió se puso a mirar unos informes que le habían enviado por correo electrónico. Los quería tener listos para el día siguiente antes de que su jefe se los pidiera. Afortunadamente en el solar de al lado estaban de obras por lo que dormirse no era una opción. Terminado el trabajo se merecía relajarse. Cogió la ropa de baño y la mochila, y se marchó al gimnasio a pocos metros de su casa donde se pasaba los pocos ratos libres nadando y disfrutando en el agua.


Un par de horas después, cansada y muy relajada, volvió a casa sorprendiéndose de tener varios mensajes del chico que la había llamado. Fran se llamaba y a juzgar por su foto de perfil era bastante mono aunque  apenas habían cruzado dos frases. Un simple ¿Dónde trabajas? Y ¿cuándo quedamos? Adriana le explicó que al día siguiente tenía mucho trabajo y que iban a tener que esperar un poco, cosa que al chico no le gustó mucho. No le dio importancia y llamó a su prima que estaba a unto de dar a luz.

—¡Prima! ¿Cómo estás hoy?

—No me grites Adri que no estoy sorda—como ya era costumbre esta era la forma de su prima Patricia de hablarle. Entendía que las hormonas la tuvieran alterada a pesar de saber que su prima siempre había sido cariñosa y agradable. Comprendía a la perfección que su marido estuviese ansioso porque diera a luz.

—Vale, no te enfades. Cuéntame cómo te sientes. ¿Muchas contracciones?

—¿Y cuando no? Ya sabes que tengo contracciones hace un mes sin parar. No sé porqué me preguntas eso—. Adriana quería mucho a su prima porque era lo único que tenía en este mundo pero las dos últimas semanas la tenía harta de tanta mala contestación.

—Ya te queda muy poco prima. Ya verás que en menos de lo que esperas tienes a tu bebé entre los brazos.

La conversación continuó un minuto con el mismo tono, Patricia quejándose porque quería ya dar a luz y Adriana escuchándola con paciencia aguantando las malas respuestas de su adorada prima. Esa que había sido su única familia desde que tenía uso de razón. Sus padres habían muerto siendo ella muy pequeñita y la abuela materna se encargó de cuidarla hasta que hacía un año había fallecido. Desde entonces estaba sola, y aunque le encanta su independencia y hacer las cosas a su manera, echaba de menos llegar a casa y charlar con alguien; que hubiera una persona esperándola o acostarse sabiendo que en las difíciles noches en las que los recuerdos pesaban sobre ella, un brazo la estrecharía entre sus brazos y no se sentiría tan sola en el mundo.
 
 
Los malos recuerdos provocaron que un nudo de angustia y una sensación inmensa de tristeza se instalaran en su pecho. No tenía apetito así que se hizo un sándwich y se metió en la cama sin volver a mirar el teléfono. Después de todo, ¿quién querría saber cómo estaba?